¿Cómo medimos la efectividad de los Mecanismos Alternativos de Solución de Controversias (MASC)?

Para las personas que estamos inmersas en el trabajo de los mecanismos alternativos, no es un secreto que tenemos dos indicadores por excelencia:

1. Número de acuerdos realizados.

2. Montos económicos “recuperados”.

Son indicadores extendidos por toda América Latina y algunas partes de Europa, no es exclusivo de México. Se suele considerar que los mecanismos alternativos “funcionan bien” cuando le quitan muchos casos al sistema de justicia o los procesos formales de sanción. Incluso tenemos “premiaciones” de personas como “mejores facilitadores/as” por el hecho de que llegan a un gran número de acuerdos en un mes.

No quiere decir que el indicador sea malo en sí, pero no puede ser el único ni se puede contemplar de manera aislada. No podemos atribuirle todo el peso de evaluar nuestra operación. Me explico uno por uno.

1. Número de acuerdos realizados.

Empecemos por el principio: ¿cuáles son los objetivos de los mecanismos alternativos de solución de controversias? Lograr comunicación entre las personas para que puedan resolver el conflicto de fondo. En eso podremos coincidir casi todas las personas que estamos en el medio de los MASC. Desde luego, contravenidas por algunas (no todas) que operan el sistema y no conocen con profundidad nuestro trabajo, considerándolo una mera vía de descongestión. En general, podemos ver que los escritos sobre MASC suelen coincidir en este como uno de los objetivos.

He llegado a hacer evaluaciones de centros en donde me presentan a “facilitadores estrella” que tienen muchos acuerdos firmados por semana, pero al profundizar se encuentra que también tienen muchos incumplimientos y, además, en los monitoreos (observación en casos reales) se llegan a ver coacciones veladas, presiones, hasta súplicas a las personas usuarias, en fin, de todo con tal de que las personas lleguen a un acuerdo, aunque las cláusulas del mismo no se correspondan con sus necesidades ni con las características del conflicto en que se encuentran inmersas (siendo ellas personas diferentes de todas las demás con las que hayamos trabajado con un conflicto que, por lo mismo, podrá parecerse a otro, pero no implica que las soluciones de ese otro le funcionen).

¿Esto es culpa de quienes facilitan? No. ¿De sus jefes o jefas? No necesariamente. De la persona titular de la institución? Tampoco necesariamente pero son quienes, si quisieran, pudieran hacer algo al respecto. El tema es que, en general, tenemos esta costumbre de “medir” los mecanismos alternativos por número de acuerdos. Esto no es exclusivo de México, sino un problema generalizado a nivel latinoamericano. No es de extrañar ya que el “discurso inicial de ventas” para poder “seducir” a los gobiernos para implementar de manera seria estas metodologías es ahorrarse recursos. Este dicurso inicial es, desde luego, comprensible. De otro modo, cabe la posibilidad de que jamás les hubiese interesado una apuesta así.

En resumidas cuentas: es una cadena de presiones de arriba hacia abajo para obtener “resultados” en la forma de números (de acuerdos y de dinero), con independiencia de cada caso.

¿Cuál es el problema? Que seguimos tratando de poner el mismo saco a todas las personas. Que seguimos implementado MASC en función de indicadores de un sistema que, se supone, ya no estamos aplicando.

Si lo que queremos es realmente un cambio de cultura, una manera de reeducarnos, que los MASC sean verdaderos procesos pedagógicos que nos lleven a construir formas más respetuosas y pacíficas de comunicación y de gestión de los problemas que naturalmente surgen al haber interacción humana, entonces estos números de maquila o fábricas de acuerdos no nos funcionan. Al menos, no aislados. Tendríamos que ver varios indicadores y analizar su comportamiento en el conjunto para lograr nuestro objetivo: solución de cada conflicto a su justa medida, formas de justicia adecuadas y construidas por las propias personas inmersas en las situaciones.

2. Montos económicos “recuperados”.

Este indicador, aunque es segundo en importancia, también es muy nocivo. Nos lleva a pensar que el dinero es no sólo “la mejor manera” de resolver un conflicto, sino “LA” manera. Sin embargo, cada persona tiene necesidades diferentes. Estamos acostumbrados a pensar en función del dinero, sí, pero también lo tomamos como escudo al cual nos aferramos desesperadamente para cubrir nuestras necesidades cuando éstas no han sido contempladas, analizadas o simplemente escuchadas. ¿En algunos casos importa? Sí, y es necesario que forme parte de las soluciones. En otros no. Esto depende de las personas en cuestión.

El problema de este indicador es que nos mete a todas las personas en el mismo “saco”. En materia penal, los cinco rubros de reparación integral que forman la base de nuestros acuerdos son, según la Ley General de Víctimas basándose en la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos: restitución, rehabilitación, comprensación, satisfacción y no repetición. Solamente uno o dos de ellos (para efectos de los MASC en materia penal) tienen alguna relación directa o se cubren a partir del dinero (y eso, depende mucho de cada caso y de la creatividad de las soluciones aportadas vía técnica de lluvia de ideas o la que estemos utilizando), el resto casi nunca. Esto abarca desde apoyos para recuperar la salud (física y mental), devolución de bienes, pago de compensaciones, de gastos, de prejuicios, hablar con la verdad, solicitar alguna disculpa, reconocer los hechos y la propia responsabilidad, dar explicaciones, responder preguntas, asumir compromisos que lleven a considerar que se va a atender la causa del conflicto, etc.

Esto cobra importancia en cualquier mecanismo que estemos aplicando, tanto si es modelo de resolución de conflictos (como conciliación o mediación de “mesa pareja”), tanto si es un modelo restaurativo que estemos utilizando en una de sus vías de aplicación que son los MASC (como la junta, el círculo de daño, la reunión víctima ofensor o lo que países como España o Argentina llaman “mediación penal”).  En cualquiera de estas metodologías tenemos personas que perciben y son afectadas por su conflicto (o por la ofensa, en caso de procesos restaurativos) de manera muy particular y tienen diversas necesidades, algunas que pueden atenderse con dinero, otras que no. Por lo tanto, este indicador no debería utilizarse de manera aislada y menos acompañado del número de acuerdos.

¿Cuáles serían los indicadores adecuados?

No podría decirlo yo. Considero que una sola persona no podría (o debería) determinarlo, porque todo depende del espacio, tiempo, contexto, tipo de programa y otras características específicas. Eso tendría que construirse no sólo con aportes de quienes facilitamos MASC, sino también con comentarios y aportes de personas alrededor con perfiles distintos a los nuestros: una suma de todas las visiones posibles.

Lo que sí tengo claro es que no pueden ser solamente uno o dos. Darnos una visión lo más integral posible implicaría ver: porcentaje de gente que (del universo de casos susceptibles de atenderse aquí, no de todos en general) sí es invitada a MASC, porcentaje de gente que acepta el MASC, porcentaje de gente que llega a un acuerdo, porcentaje de acuerdos cumplidos, cantidad de rubros de reparación integral que abarca un acuerdo, grado de satisfacción de las personas, etc.

Un excelente ejercicio de investigación diseñado para ver más allá del número de acuerdos se lo debemos a CIDAC (ahora ya integrado a México Evalúa) y al liderazgo de María Novoa, quien coordinaba el proyecto justicia. En este estudio llamado “La Otra Justicia”, se consideraron una diversa cantidad de indicadores que nos arrojaron resultados más humanizantes y enfocados en las personas usuarias (de hecho gran parte de las preguntas fueron hacia ellas) que el número de acuerdos o los montos. Ejemplos: márgenes de tiempo de solución del conflicto, montos invertidos en la solución, grado de satisfacción, recursos que invierte el sistema en un MASC y los que gasta en un proceso normal, etc.

En México (y en América Latina, en general) necesitamos más ejercicios como “La Otra Justicia” que nos ayuden a considerar otros indicadores y a mejorar nuestras: prácticas, instituticiones, servicios, trato a las personas. Una buena y constante evaluación que contemple diversos aspectos, puede ayudarnos a transitar hacia una forma distinta de ver la justicia, más si estamos hablando de una que, se supone, es construida para sí misma por cada persona. Estamos en el camino.

Fuentes citadas:

La Otra Justicia

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